À espera de - Esperando a Godot

En esta obra del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, los personajes dialogan sobre banalidades mientras esperan inútilmente a una figura que nunca llega, el Godot del título. En estos diálogos, se percibe la soledad y la desolación de un ser humano arrojado a un mundo donde, como dijo Sartre, no hay nada inteligible en el cielo. Los personajes intentan comunicarse, hay un enorme esfuerzo de entendimiento y comprensión, pero la comunicabilidad, para los personajes beckettianos, es algo inaccesible. La desesperación de estos por comunicar el vacío y esperar la nada es la denuncia que hace Beckett de lo absurdo de la existencia humana; la lucha es por llenar el vacío.
 
Samuel Beckett construyó este texto, donde la simetría imperfecta es un punto clave en su escritura, curiosamente en tres preciosos pares, si podemos llamarlos así: dos días, dos actos, dos pares (Vladimir y Estragón, Pozzo y Lucky). Dejando abierto un espacio indefinido, donde los personajes deambulan en tierra de nadie, en la incertidumbre y en la anunciada espera de Godot.
 
¿Quién es Godot? ¿Un dios o un ser humano viviendo una absurda existencia y condición? Muchas dudas pueden asaltarnos en la maraña de tiempos y silencios propuestos por Beckett en Godot, aunque parece plausible que la angustia que Beckett vivió durante la Segunda Guerra Mundial no sea ajena, ya que, como parte de la resistencia, vivió escondido en el sur de la Francia ocupada, anhelando a diario el fin de esa misma guerra.
 
La inquietante urgencia que a veces se presenta en los diálogos entre Vladimir y Estragón, en un compromiso siempre pospuesto, resulta inquietante, al igual que la rutina de estos mismos diálogos que, absurdamente, encubren el paso del tiempo en una experiencia atrapada en la falta de alternativas. No es raro que el aburrimiento reinante dé paso a momentos sumamente hilarantes, incluso chaplinescos, donde Vladimir y Estragón nos transportan a situaciones en las que apenas sabemos cómo reaccionar ante